martes, 19 de junio de 2012

Soledad.

Ella miraba a su alrededor, lejano horizonte que le rodeaba. Se encontraba perdida. No tenía norte, no sabía pues dónde ir. Todo lo que fue nada, una mísera palabra que rompió todo el silencio, un adiós que en el aire quedó, el último ardiente beso, que entre abrazos y caricis él doblegó aquel día de invierno: aquello que fue su norte, sin en realidad serlo, tan triste, tan lejano, tan oscuro.
Miró a la ventana, recordó la suave primavera que  acariciaba sus tristezas: en ese momento, la atormentaba. Atormentaba el cercano invierno, crudo invierno, también crudos recuerdos que albergaban en él, estaba deseando ver sus húmedas lágrimas. Dulces, amargas lágrimas que ella escondía y avergonzaba, daba espalda a su desconocido pasado, y las secaba.
Las horas, los minutos, los segundos. Cada uno de ellos se hacían, más cazadores de su tiempo, amargantes, desesperantes...Puto reloj de arena que contaba el tiempo mientras en esas caricias ellos se envolvían; putos ojos, que cada vez que la miraba, más bella ella se sentía; puto  día en el se despidió mientras ella sabía que no volvería; puto oxígeno que le dejaba respirar, y muchas más cosas que Dios quiso que no recordaría.

Magdalena García Marañón. 18. junio. 2012

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